Fiesta del agua en Lanjaron
OTRA FORMA DE SENTIR LA NOCHE DE SAN JUAN
Se que hace mucho que no escribo, así que en primer lugar, mil disculpas. Y ahora, al tema..
Bueno, pues la noche de San Juan, encontrándonos todavía en Granada decidimos cambiar esas playas de las costas Malagueñas, de todos los años, por algo que no habíamos echo nunca y que nos “pillaba” más cerca que la costa granadina. Nuestra misión era enterarnos que era exactamente eso de la fiesta del agua. Esa que sale muchas veces en televisión, como una fiesta curiosa y diferente del panorama andaluz.
Así, que cogimos el bañador, olvidamos los mecheros para encender hogueras y nos dirigimos rumbo a la ciudad de donde salen todas esas botellas de agua que riman con el riñón.
Y resulta curioso, un año como este, en el que las amenazas de sequía son de lo más reales, que en un sitio, en una sola noche, se derrame tanta agua solo para el divertimento de algunos que pasan por allí. Y fui testigo, y por ello, se que agua hubo mucha.
La verdad que la noche fue curiosa en general. Llegamos al pueblo y los coches estaban aparcados por todos los lados. Y en vez de aparcar detrás del último, como hace la gente normal (Supuestamente no debe haber más huecos donde meter toneladas de hierro pintado de gris metalizado), nosotros seguimos hacia alante, como los de Alicante, para adentrarnos en aquello desconocido y hechizante en esa noche tan especial, donde todo es magia.
En una calle que bajaba, justo antes de la desviación hacia Ocijares, encontramos una fila de coches, en la que los tres primeros huecos estaban libres. Así que lo dejamos en el más cercano al último. Frente a nosotros había una foto que debí hacer y no hice. Una fila de abuelos sentados mirando hacia la calle en la puerta de un hotel, pero sin mesas ni nada, eran una postal buenísima que no se si podéis imaginaros.
Ya con los dos coches aparcados unos delante del otro, nos bajamos para buscar un lugar donde zamparnos unos bocadillos de mortadela con aceitunas (jajaja) unos calimochos o cerveza para los más delicados.
Nos encontramos con un bonito mirador, lugar perfecto, donde había gente del pueblo y otros que iban pasando desorientados buscando donde era la fiesta.
Con el estomago lleno, volvimos a los coches para dejar, como los mejores domingueros, nuestra neverita azul llena de refrigerios. Y nuestra sorpresa al llegar al coche fue, que no necesitábamos buscar la fiesta, pues parecía estar congregada alrededor del coche. Una multitud joven saltaba en medio de la calle pidiendo agua, con barreños en las manos. Los vecinos desde sus terrazas, ventanas, balcones, azoteas, sacaban mangueras y mojaban, sonrientes, mezcla de placer y de jovialidad, así como de maldad de la buena, por el simple echo de que de no ser en ese lugar, en ese momento ese acto de mojar con la manguera a quien grita estaría mal visto. Los jóvenes saltarines intentaban llenar sus barreños, para así, a su vez, mojar a quien estuviera seco.
Yo, que ya había sido advertida de que los barreños eran importantes, agarre uno de los que me había traído y me coloque en medio de la multitud que cantaba algo así de “¿Dónde esta el río (de no se que calle)?” La gente parecía multiplicarse. Y poco a poco todos los que aparecían secos se desvanecieron y gente empapada pasaba sonriente. Mis amigos miraban casi secos, debajo de los balcones de las casas, pero gota a gota se fueron animando, hasta que el último ápice de piel seca desapareció.
De algunos balcones, además de mangueras, barreños de agua helada caían con furia sobre la gente que se mojaba sin remedio. Y nuestro coche, parecía ser el blanco del agua más enfurecida. La verdad que fue un lavado de lo más económico para nosotros.
El río que la gente gritaba, nació, primero en los bordes de la calle, para ir creciendo poco a poco y después morir.
Había algún guarrete que cogía el agua del río de color chocolate y se la echaba al que pasaba, con sonrisa de perversa….
La gente, como el agua, bajaba hasta una plaza que había, pero para llegar a ella tenías que pasar por delante de hombres que tenían mangueras de bombero, y con la presión que ello conlleva. Cuando veías uno, esperabas que se ensañara con alguien, para corriendo, pasar inadvertido. Pero siempre había alguno que te alcanzaba a lo “Humor Amarillo”. Nos encontramos con una gente que tocaba una batucada, y otros tantos que bailaban a su alrededor, y a ellos nos unimos, bailando, mojándonos y riendo un poco ebrios.
Pero los de la batucada se cansaron como los de los balcones, la gente fue desapareciendo, y la lluvia ceso, como ceso la fiesta.






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